Auditoría de afirmaciones sobre un ecosistema de 55 páginas
Toda empresa que publica cifras, plazos o garantías acumula afirmaciones que nadie ha vuelto a comprobar: vienen de una plantilla, de un proveedor anterior o de un artículo que se copió de otro. Puse a prueba mi propio ecosistema con el mismo método adversarial que aplico a un cliente, y el resultado es este sitio: cada cifra con su fuente, cada promesa dentro de lo que el sistema puede cumplir, y un registro público de todo lo que se revisó.
Las decisiones que lo definen
El punto de partida no fue «mejorar la web». Fue intentar romperla.
Una revisión que busca aprobar encuentra erratas. Una que busca destruir encuentra el problema real. El encargo a la auditoría no fue «revisa si esto está bien», sino «demuestra que esto no se sostiene». Es la diferencia entre una revisión que confirma lo que ya creías y una que encuentra lo que se te había escapado.
el problema no era la mala fe, era no haber mirado con el criterio correcto.
Cada cifra publicada tiene que llevar quién la midió, cuándo y sobre qué muestra.
Suena obvio y casi nadie lo hace. Aplicado en serio, es un filtro duro: sobrevive lo que tiene detrás un INE, un BOE, una AEPD o un estudio con muestra y fecha. Lo demás citaban a otros artículos. Tres blogs que dicen lo mismo no son tres fuentes.
Las que quedaron llevan su enlace y su fecha, y con ellas su letra pequeña: el estudio de productividad más sólido que existe sobre IA generativa mide un 13,8 % de media, no un 300 %. Publicar el número real y decir quién lo midió es más útil —y bastante más raro— que publicar el número grande.
Retirar producto antes que arreglarlo.
Apareció en el servidor una carpeta viva, accesible y fuera del mapa del sitio, con una copia entera del sitio de abril: los afirmaciones sin respaldo, una calculadora que estimaba ahorros que no podía conocer y una suscripción de pago a unos entregables que estaban sin terminar.
La decisión fácil era corregir los textos. La decisión correcta fue retirar las quince URL con redirecciones permanentes y rehacer la calculadora desde cero, esta vez con las fórmulas escritas al lado y sin pedir el correo a nadie.
Registrar mis propios errores con el mismo número que los demás.
El registro de hallazgos tiene una sección aparte para lo que hice mal yo durante la propia auditoría: dieciocho entradas. Verifiqué que una etiqueta existía sin comprobar que apuntara a algún sitio. Di por cerrada una promesa buscando una frase y no su equivalente al revés, y sobrevivió dos meses. Revisé el código en lugar del documento que produce el navegador, y una cabecera rota llegó a producción.
Anotar eso no es un ejercicio de humildad: es lo que convierte cada fallo en una comprobación nueva. Las tres tienen hoy su prueba automática.
Dónde puse el límite
No borré el historial.
Habría sido más cómodo cambiar las páginas en silencio. El registro completo sigue existiendo, y la edición de la newsletter que explica por qué la serie estuvo catorce semanas parada sigue publicada. Un error corregido en silencio se repite; uno escrito, no.
No sustituí las cifras retiradas por otras más prudentes.
La tentación era cambiar un «−70 %» por un «hasta un −30 %». Sigue siendo un número inventado, solo que más pequeño. Donde no había dato, ahora hay un escenario con los supuestos escritos para que los cambies por los tuyos.